No conozco al autor de este texto, me lo ha dedicado en su blog. Simplemente, GRACIAS, me ha emocionado. Quedará enmarcado en mi alma.

Comunicar sin pedestales, atriles de barrio ... y sabios


En uno de esos silencios que viven detrás del micro, acaso misteriosos y sonámbulos he encontrado esta tarde un motivo para volver. A veces las cosas meridianas de la vida son las que me hacen regresar a estos lares a arañar letras en orillas hasta que suba la marea. Mientras, en uno de esos cafés horrendos de máquina, o en un sorbo de ellos, he encontrado una conversación que me ha conmovido. La curiosidad de conocer a alguien que con un par de ideas en verso ha descrito mas de lo que quería. Me impacta los más sencillo, pero estoy saturado de grandilocuencia y magnetismos populares.
Hoy he conocido, - comenzado a conocer- a una de esas personas que pasan por tu lado sin conocerlas, y un día, te das cuenta que ha dejado sobre tu memoria sus apuntes, o en tus palabras su impronta, o un recuerdo. Se lo dejo a este maravilloso mundo del periodismo, fruto de su magia, de su grandeza y de las sorpresas que viven en él. De las pocas satisfacciones de este trabajo gratuito e ineficaz, es conocer vidas, sentir el pálpito humano invisible tras el micro, imaginado e imaginable. Me inquieta ese tipo de profesionales que esconden su grandeza en lo sencillo de su persona, jóvenes que tienen qué enseñar y muestran una mirada de aprendiz hasta al novato. La sencillez esculpe la magnitud del corazón en galones dorados que relucen en tiempos de escasez. Fernando, una voz templada y acompasada, de las que no encuentro en el dial por mas que busco allende Carlos Herrera, es capaz de plasmar en el campo herciano historias con sabor a humanidad, diálogos de flexo, y conversaciones de la abuela Rosario. Quizás por eso, comunicar sea su debilidad más sencilla.
Un hispano, de esos andaluzados del bajo guadalquivir, anclados en la solera de su sevillanía, pero exquisito en las formas, el trato, y la mirada que gestiona con la suficiente sapiencia de quien la esconde tras un micrófono, sabiendo hablar con ella a un oyente que se multiplica tras el receptor. Está bien ir caminando por piedras y encontrar un llano donde desclazarse y refrescar las heridas de unos pies cansados de estrellas terrenales, o eso creen ellos.
Me iré satisfecho de este trono público,-lo intuyo- y no por lo que me quede por aprender aquí que calculo no será mucho, -y no falta voluntad-, sino por las vidas que estoy conociendo, esas que anidan tras una voz, tras un micrófono, esas que viven en el aire, en la imaginación, en los oyentes, en los sueños y en las pesadillas.



(Entrada publicada en metaforaparadise.blogspot.com)

La abuela Rosario


Parece que todas usaran el mismo perfume. Y los mismos pendientes, esos de oro con una perla. A veces hasta vestidos del mismo diseñador, aquel que prefería el asfalto y los hierros de la plaza del pueblo antes que Cibeles. Parece que todas tuvieran la misma manera de andar. La habilidad de sus piernas se ha perdido para darle otro ritmo a la vida. Más lento. Minucioso.
La abuela Rosario parece ir pegada a su bolso. No se separa. Será porque lo lleva lleno de recuerdos. Imagino lo que hay dentro: la historia del único amor, el nacimiento de sus hijos y el hambre de una época.A estas alturas de la vida quiere, su nieta, que la abuela corra, que se bañe con ella en la playa y hasta que haga castillos en la arena. La coge del brazo intentando tirar de ella.
Si supiera la pequeña cuánto pesa haber visto tanta tragedia junta, lo que pesa haber tenido las puertas de casa siempre abiertas para que no faltara nada a los suyos, dando comida y cama con sábanas blancas, si supiera su nieta lo que pesa ver perder a un hermano, a tu marido e incluso a un hijo … ojalá no lo sepa nunca, se dice cerrando los ojos mientras aprieta sus puños bordados con hilos de venas.
Hoy Ángela, su nieta, recuerda la flaccidez de aquellos brazos en la playa, el toque de carmín en sus labios, su bolso, su vestido, pero sobre todo, el susurro de su voz cuando inexplicablemente encontraba a la primera, y entre tantas medallas en su pecho, la de su Angelita de la Cruz.
(Fernando G. Haldón)

Era un Seat Supermirafiori



Casi siempre en julio, mes preferido por mi padre para sus vacaciones. La noche anterior, mis hermanos y yo llenábamos maletas con el ojo supervisor de la madre, siempre pendiente de que no faltara nada. Antes de la salida, la complicada tarea de colocar los bártulos entre el maletero y la baca del coche. Ya está todo listo, un último repaso a la casa, luz, gas, ventanas y puertas …nos vamos.


Era un supermirafiori. Tapicería marrón. Con las viejas manillas carcomidas por el sol bajábamos las ventanillas, ahora convertidas en telones que se abrían para una nueva función, una nueva obra de teatro, una película, una aventura, la de los primeros amores, la del reencuentro con aquellos que no ves desde hace un año, todo estaba detrás de aquella ventanilla.

Era un supermirafiori. Tapiceria marrón. Temprana hora de salida. Aún veo desde el asiento de atrás la melena de mi madre y el pelo sin canas de mi padre. Mientras él guarda el trapo con el que comprobaba el nivel de aceite, agua y no se cuántas cosas más, ella se gira y nos dice “En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén”

Ya podíamos salir. Nos separaban casi dos horas para llegar a la playa, a Chipiona. Hay quienes dicen que no tiene “glamour”, que está llena de sevillanos y casi reniegan haberla pisado. Hoy les escribo desde este lugar, estoy viendo la luz de su faro con la misma ilusión que la primera vez. He venido en el asiento de atrás, mi padre ya tiene canas, mi madre ni siquiera está, pero antes de salir mi hermano pequeño se giraba para decir: “En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén”

Feliz viaje y buenas vacaciones. Vayan con Dios
(Fernando G. Haldón)