La abuela Rosario


Parece que todas usaran el mismo perfume. Y los mismos pendientes, esos de oro con una perla. A veces hasta vestidos del mismo diseñador, aquel que prefería el asfalto y los hierros de la plaza del pueblo antes que Cibeles. Parece que todas tuvieran la misma manera de andar. La habilidad de sus piernas se ha perdido para darle otro ritmo a la vida. Más lento. Minucioso.
La abuela Rosario parece ir pegada a su bolso. No se separa. Será porque lo lleva lleno de recuerdos. Imagino lo que hay dentro: la historia del único amor, el nacimiento de sus hijos y el hambre de una época.A estas alturas de la vida quiere, su nieta, que la abuela corra, que se bañe con ella en la playa y hasta que haga castillos en la arena. La coge del brazo intentando tirar de ella.
Si supiera la pequeña cuánto pesa haber visto tanta tragedia junta, lo que pesa haber tenido las puertas de casa siempre abiertas para que no faltara nada a los suyos, dando comida y cama con sábanas blancas, si supiera su nieta lo que pesa ver perder a un hermano, a tu marido e incluso a un hijo … ojalá no lo sepa nunca, se dice cerrando los ojos mientras aprieta sus puños bordados con hilos de venas.
Hoy Ángela, su nieta, recuerda la flaccidez de aquellos brazos en la playa, el toque de carmín en sus labios, su bolso, su vestido, pero sobre todo, el susurro de su voz cuando inexplicablemente encontraba a la primera, y entre tantas medallas en su pecho, la de su Angelita de la Cruz.
(Fernando G. Haldón)